El hombre que lloraba en el metro

Los primeros meses en Madrid me inquietaban sobre manera la cantidad de paradas de metro que te puedes encontrar en un paseo. A veces, cuando Carlos y yo salíamos a andar, bromeábamos con que si nos cansábamos siempre podríamos bajar a la próxima parada de metro y estaríamos en nada en casa. Nunca lo hacíamos, siempre terminábamos perdidos en alguna pedanía de Madrid después de andar kilómetros sin darnos cuenta.  Algunas veces íbamos solos y otras se iban uniendo las compañeras de piso de turno (que se terminaban convirtiendo en familia) o cualquier persona afín. Una vez empezamos a andar Paseo de la Castellana abajo hasta llegar a Sol sin darnos cuenta hasta que no nos sentamos en el Cercanías para volver a casa, exhaustos. Carlos era el amigo de una amiga que terminó siéndolo mio a base de compartir salón y cocina. Esas cosas que pasan solo cuando estás solo en una gran ciudad siendo de una ciudad pequeñita del sur del sur, tan al sur que si te descuidas terminarías siendo del norte del continente más cercano.

Aprovechábamos las horas para marcar las líneas argumentales que debería seguir la política universal, legislar sobre igualdad, el sistema de apareamiento de los monos siaming  y de la vida en general. En aquél momento el futuro estaba a construir y el negro hacía imposible ver claro el nuestro. Nos veíamos viviendo debajo de un puente, sin trabajo, sin estudios y con la única compañía de unos guantes sin dedos y una fogata en un bidón de metal. Nos sentíamos como si andásemos sobre una fina cuerda de guita entre las Torres kio, con un golpe de viento seriamos pasto de la indigencia.

Uno de esos días en los que teníamos cónclave por las calles de Madrid terminamos agarrados a las barras del metro cuando un señor con la mitad de un palo de fregona se derrumbó a nuestros piés al quebrar su bastón de metal. Aquel hombre llevaba una camiseta blanca y una sudadera azul, un color desgastado que hacía las veces de espejo. Cualquiera de los que nos quedamos ojipláticos observando a aquel señor en el suelo sin la fuerza moral de reaccionar podríamos estar en su posición con el roce de un viento más fuerte de la cuenta.  Carlos y yo nos miramos, ambos miramos a la pareja que estaba frente a nosotros y sin apenas decir nada hicimos amago de levantar a aquel hombre. Su rostro era el claro ejemplo del derrumbe, de que las reglas del juego son volubles y que creas lo que creas todos estamos a un pie del abismo.

La culpabilidad fue lo que quedó de aquel momento. Culpabilidad por no reaccionar durante unos segundos que nos recordó nuestro puesto de privilegiados. Culpabilidad por no ser conscientes de que nuestros problemas son menos si se comparan con otros. Pero sobre todo culpabilidad por la idea de que si ese mismo señor hubiera ido con otra vestimentas tan solo con el contacto de su cuerpo con el suelo ya nos hubiéramos tirado a ayudarlo y no hubieran pasado ni los tres segundos que duró el silencio de palabra y acción.

 

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Poesía y narrativa: editoriales conocidas y por conocer

Las listas de editoriales que aceptan manuscritos son una de las entradas más publicadas en los blogs de escritores o para escritores, no hace falta pensar mucho para entender el motivo. Una de las primeras cosas que se buscan son editoriales para dar salida a nuestros manuscritos. En el blog de Coral Carracedo, por ejemplo, hay dos post en los que trata el tema de manera exhaustiva. En dichas entradas se puede ver editoriales como Editorial Cerbero y Cazador de ratas.

En este caso se recogerán editoriales que trabajan narrativa y poesía.

Solo narrativa


altehé


Ficha: Alethé Ediciones

Géneros a los que se dedica: fantasía y la ciencia ficción

Correo: aletheediciones@gmail.com

Twitter: @Alethe_ed

Web: aletheediciones.com

Sobre Alethé: «En el siglo II d. C. el ser humano viajó a la Luna en barco. Luciano de Samosata, escritor romano nacido junto al Eúfrates, escribió Historia verdadera, o lo que es lo mismo Ἀληθῆ διηγήματα. Transcrito como Alethé, la editorial toma el nombre de manos de este clásico que ya miró a la Luna para escribir ficción satírica, para hablar de su tiempo a través de un viaje de fantasía inconcebible».

La literatura de ciencia ficción tiene un nuevo aliado. Alethé es la nueva editorial que nace con el objetivo principal de dar a conocer a nuevos autores del género e impulsar a los que poco a poco se abren un hueco en el mundillo. También es nuestro deseo refrescar el panorama literario de la ciencia ficción y fantasía que se convierte cada vez más en un género sobresaliente.

El sello Alethé Ediciones pertenece a La Esfera de los Libros y ha abierto la colección con Hiddensee, de Gregory Maguire (el autor del bestseller Wicked, memorias de una bruma mala). Publicará a lo largo de su primer año (2018) un total de 6 títulos entre los que se encuentran Estación central, de Lavie Tidhar y Crónicas del fin, de Gabriela Cambell y José Antonio Cotrina.


amordemadre


Ficha: Amor de madre Editoras

Género a los que se dedica: Ciencia ficción (también libros que no podría enmarcar en ningún género).

Correo: manuscritos@editorialamordemadre.com

Twitter: @AmordemadreEd

Web: editorialamordemadre.com

Sobre Amor de Madre: En Editorial Amor de Madre, hemos unido nuestros poderes para crear un microcosmos literario donde la visibilización de los colectivos LGBTQ+ y los movimientos feministas son la norma y no la excepción. Un espacio seguro donde encontrar literatura que nos represente, que nos de voz, que nos haga visibles, que no nos deje en lo anecdótico: un lugar donde lo diverso se alza como bandera.

Amor de Madre es una editorial de Inmaculada y Victoria. Madre e hija que apuestan por la defensa del feminismo y la comunidad LGTBQ+ en los libros que publican. Entre su catalogo podemos ver una versión de Romeo y Julieta en el mundo moderno, La extraordinaria historia de Romeo y Julieta de Nacho Bravo. También se puede comprar en su página web los títulos como Dejarse flequillo de Silvia Hidalgo, Adoptaunmonstruo.com de Manu Riquelme y Olbido con B de Laura Sala.

Narrativa y poesía


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Ficha: Ediciones en Huida

Correo: eeh@edicionesenhuida.es

Twitter:@edenhuida

Web: edicionesenhuida.es

Sobre Ediciones EN Huida: Editorial Independiente. Siempre en huida, siempre buscando buenos libros.

La editorial es propiedad de Martín Lucía. En Ediciones en Huida aceptan cualquier género, siempre que sea un buen libro, como dice en su propia descripción. Tiene varias colecciones de poesía, cuentos, relatos, etc.

De esta editorial puedo hablar desde un punto de vista más personal puesto que en 2016 publiqué con ellos mi primer libro, Grietas Vitales. Si queréis una editorial cercana, en la que el editor sea más un amigo, esta es la editorial que buscas.


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Ficha: Ediciones De la Torre

Correo: info@edicionesdelatorre.com

Twitter: @Ed_delaTorre

web: edicionesdelatorre.com

Sobre De la Torre: Ediciones de la Torre es una pequeña pero prestigiosa editorial que, desde 1976, defiende la necesidad y el placer de la lectura.

La editorial concibe la edición como una función social, y la cultura como una “función germinativa para transformar día a día nuestra sociedad en un colectivo en el que podamos vivir todos”. Según dice en su página web “Valoran como autores o coautores a las personas que, introduciendo, comentando, traduciendo o ilustrando, enriquecen y completan la obra”.

Distribuyen por todos los canales aunque priman las librerías. Están muy involucrados con distintos programas para el desarrollo del Tercer mundo, destinando el 0,7% de los beneficios de sus libros y tienen un gran número de libros impresos en papel reciclado.

Ediciones de la Torre se gestó en 1975, a partir de un proyecto de una plataforma cultural y social. La editorial comenzó sus actividades en mayo de 1976.

El grupo poético Los Bardos, al que pertenezco, publicaremos en 2018 una antología en esta editorial. La confianza es plena puesto que una de las componentes del grupo y antologa ya ha publicado mas de un libro con ellos.


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Ficha de Esdrújala ediciones

Correo: info@esdrujula.es

Twitter: @esdrujulaed

web: www.esdrujula.es

Sobre Esdrújula:  No es casualidad que hayamos querido que nuestro proyecto editorial se llame Esdrújula: nuestra fascinación por este tipo de palabras y por su originalidad nos hacen ambicionar lo mismo para nuestra editorial. Queremos ser singulares, diferentes, únicos; también que las reglas del juego tengan, en nosotros, algo especial.

En nuestro intento de diferenciarnos de otras editoriales, apostamos desde el principio por el formato electrónico, sin olvidarnos del tradicional papel: todas nuestras obras verán la luz simultáneamente en papel y en eBook. También queremos ofrecer algo más que una tienda a nuestros visitantes, que aparte de poder leer noticias sobre el mundo de la literatura en nuestro blog o en nuestros perfiles de las redes sociales más conocidas, tendrán a su disposición en nuestro sitio web la descarga gratuita de los primeros capítulos de todos nuestros libros.

Si te animas por esta editorial granaina debes saber que no aceptan manuscritos completos que no hayan pedido previamente. Para probar suerte tienes que mandar una sinopsis de la obra y una carta de presentación, además de las primeras páginas al correo que te pongo en la ficha.

Cuenta con ocho colecciones en las que da cabida a múltiples géneros:

  • Sístole: Narrativa y ensayo.
  • Diástole: Poesía, teatro y narrativa breve.
  • Vorágine: Según reza su web, esta colección se define como “la pasión desenfrenada y los sentimientos intensos de voces que remueven emociones”. La intensidad en su mayoría enfocada a poemas muy actuales del mundo de las redes sociales.
  • Meteórica: Literatura juvenil.
  • Etcétera (autoedición): En esta colección se editan títulos que, “por formato o temática, requieran una edición singular”.
  • Libélula: Libros infantiles que “promuevan el amor por la lectura”.
  • eCléctica: Libros que solo se publicarán en formato digital.
  • Académica: Libros de carácter divulgativo, de investigación o científico.

Esta editorial le da especial importancia al diseño de las portadas, jugando en ocasiones con collage, fotografía e ilustración.


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Ficha de La Isla de Siltolá

correo: editorial@laisladesiltola.es

Twitter: @Siltola

Web: laisladesiltola.es

Sobre Siltolá: Editorial  fundada en el año 2009 en España por Javier Sánchez Menéndez, pretende acercar al lector los autores consagrados y dar a conocer voces nuevas y jóvenes. Desde enero de 2018, Jaime Sánchez Martín, ocupa el cargo de editor.

Esta editorial tiene múltiples colecciones en la que da cabida a diversos géneros. A parte de una colección de aforismos cuenta con:

  • Agua: poesía para chicos y grandes.
  • Agua salada: narrativa y prosa.
  • Arrecifes, Tierra, Vela de Gavia, Sitolá-Poesía: poesía.
  • Levante: diarios.
  • Nouvelle: novela breve, cuento, microrrelato, aforismo.
  • Otra orilla: ensayo.
  • Álogos:  libros donde se recoge entradas de blogs.

Además, en su web se puede leer una revista literaria y cultural que comparte nombre con la editorial.

Solo Poesía

Realmente la etiqueta de “solo poesía” no es real, ambas editoriales tienen o tendrán una linea donde se trabaja o trabajará la narrativa, pero es en la poesía donde enfocan sus esfuerzos como editorial.


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Ficha de Valparaiso

Correo: info@valparaisoediciones.es

Twitter: @valparaisoed

Web: valparaisoediciones.es

Sobre Valparaiso: Valparaíso Ediciones. Editorial internacional especializada en poesía con sedes en España, Estados Unidos, México, Colombia y Centroamérica.

Valparaiso tiene presencia tanto en España como en norteamerica y centroamerica. Tiene especial presencia en lo digital tanto en poesía como en narrativa. Tiene colecciones muy dispares en las que publica libros sobre Música, Arte, Aforismos, y Patrimonio. Si escribes libros infantiles o lo tuyo son los libros donde se desarrollan estudios literarios también puede ser tu sitio.

Pese a tener un amplio abanico de géneros su principal es la poesía y sus libros mas conocidos son en verso.


takara


Ficha: Takara Editorial

Correo: takaraeditorial@gmail.com

Twitter:@EditorialTakara

Sobre Takara: Takara es un sello editorial que ampara proyectos de diversa índole, como ediciones limitadas, antologías y otras publicaciones.

Takara como se describe la editorial es un conglomerado de proyectos de diversa índole, aunque se relaciona más este sello independiente a la poesía. Tiene tres colecciones hasta la actualidad:

  1. Colección Wasabi, que son libros de poesía, aforismos y microrelatos de edición limitada de autores consagrados.
  2. Colección Helena, es su colección de Poesía Joven, donde publican las primeras obras de los poetas noveles.
  3. Colección Takara Poesía, recientemente ha estrenado esta colección en la que publica a autores que ya han publicado, al menos una obra, en otro sello editorial.

Edita, además, las revistas literarias y culturales El Ático de los Gatos (publicada desde 2011) y El Ático de los Gatitos, la versión infantil con fines solidarios.




Bonus Track

Si no te vale con las que te explico, puedes encontrar el sitio para tu borrador en este mar de editoriales que tienes abajo. Nunca viene mal un añadido para que decidas cual es la mejor editorial para tu libro. Es imprescindible que analices las características de tu manuscrito antes de mandarlo, puesto que cada una tiene su propia línea editorial.

Onyx Editorial

Twitter: @OnyxEditorial

Ellos mismos se describen como una editorial tradicional formada por un equipo joven pero con unas ganas tremendas de crecer.

Triskel Ediciones

Twitter: @TriskelEdic

Web: triskelediciones.es

Editorial independiente que apuesta por autores y obras en lengua castellana.

Insólita Editorial

Twitter: @InsolitaEdit 

Web:insolitaeditorial.com

Editorial que publica libros “que revientan la cabeza”. Trabajan la Ciencia Ficción, Terror y  Fantasía.

Nocturna

Twitter:@NocturnaEd

Web: nocturnaediciones.com

Editorial principalmente dedicada a la narrativa: Literatura Mágica (juvenil), Noches Blancas (general) y Noches Negras (thrillers).

Tinta Púrpura Ediciones

Twitter: @TintaPurpura_ed

Web: tintapurpuraediciones.com

Esta es la editorial más joven y se describe en su recién estrenada cuenta de twitter como “editamos a gente valiente y con ganas de darlo todo. Literatura de género y mucho más”.

Las llaves del mundo

Aquel día me levanté con la sensación de que sería “El día dé…”. Era el día en el que el mundo intenta aclimatarse a la estación que estaba por venir. El día anterior todas los medios estaban copados con la noticia de que Trump había conseguido el Trono de Hierro y que sería él quien gobernaría los Siete Reinos. Estados Unidos le entregó las llaves del mundo en el mismo momento en que llegaba el eco de las piedra del muro al dar con el suelo de Berlín. Sin lugar a dudas era “El día de…”.

Ni el café pudo quitarme esa sensación de toxicidad del ambiente, como de apatía generalizada, de inexistencia, de vació. Todavía hoy recuerdo la sensación exacta que me llevo a manchar con Nunca comencé a existir las esquinas de una libreta que años antes me habían regalado. Nadie vio mi nacimiento,/ ni el genocidio que siguió./ Nadie supo nunca que tuve/ el tiempo justo para ser/ río en mitad de una helada./ Somos cuando nos aman,/ amamos cuando alguien/ ve nuestro rostro reflejado/ y pierde su existencia en pro de la nuestra. /Nunca comencé a existir/ porque nadie supo jamás de mi nacimiento. 

Inmediatamente después de la elección los propios votantes salieron a las calles, se habían arrepentido de su voto y querían cambiarlo. Algo parecido pasó años antes con el Brexit, en Inglaterra. La estúpida manía del ser humano por utilizar la política para castigar a sus gobernantes. ¡Bowie y Los Beatles ya no serán europeos!

Siempre he sido de los que creen que da igual el tiempo que pase, si tienes intención de aprender, nunca se llega a perder el tren. La primera vez que tuve la suficiente confianza como para coger una bicicleta fue con 11 años. Recuerdo la torta que me pegué con un muro blanco, me quedé aplastado como los mosquitos en los cristales de los coches. Me dio tal ataque de risa que nunca más tuve miedo a montar dos ruedas. Aquel mismo años, 2003, fui la primera vez que fui al cine. La gran aventura de Mortadelo y Filemón. Mi madre nos llevó a mi hermano y a mi por la insistencia, ella hacia años que no iba y se dejó querer. Ahí empezó mi gusto por el cine, desde 2003 hasta ahora no he parado de buscar y buscar cualquier cinta (cuanto más antigua mejor) para recuperar el tiempo perdido. Curioso lo que significó aquel año, lo que lo recordaría años después.

En ocasiones la vida te lo pone todo tan negro que no vemos la puerta de salida. Olvidamos que lo que creemos como mala suerte puede ser una oportunidad, como si la negatividad lo apocara todo. No hace mucho leí que un chico se partió una pierna ayudando a su padre en una granja, en seguida empezó a maldecir su suerte. Al día siguiente se libró de ser reclutado por el ejercito debido a la rotura de la pierna. Si hubiera aprendido antes a montar en bicicleta no lo hubiera disfrutado con la claridad con la que lo recuerdo. Si hubiera ido antes al cine no tendría el maravilloso recuerdo de mi hermano y yo nerviosos mientras mi madre compraba las entradas. De la misma forma no podemos imaginar el lado positivo a que un señor como Trump llegase al poder cuando lo hizo, pero sin lugar a dudas dentro de unos años, con la perspectiva del tiempo, seremos capaces de ver la luz entre tanta oscuridad.

Una foto accidentada

Enero de 2018, el día anterior a pasar la barrera del cuarto de siglo. Mucho había escuchado eso de las crisis de los 30. Seamos sinceros ahora que estamos solos, la crisis no es algo que llama a tu puerta cuando te levantas el día que los cumples (como en esos anuncios de compresas en los que aporrea la puerta una señora de rojo), es algo que te lo vas viniendo venir. Te das cuenta de que tu vida sigue el curso pese a que estas aferrado a los 20 como un koala a una rama entre siesta y siesta. Un día te descubres en pijama un sábado noche, tirado en el sofá siendo sorprendido por el timbre del telefonillo, como si la pizza que está al otro lado no la hubieras pedido tú. La crisis de los 30 es algo que vas sufriendo desde los 24. A los 28 los cercos de las uñas van siendo más hondos, de acuerdo, pero es algo que ya venías visualizando en el horizonte, con babuchas de cuadros marrones y una bata para no coger frío, que por las noches refresca.

Aquél día eran las fotos para la orla de graduación y tenía tantas ganas de levantarme cuando sonó el despertador que del manotazo lo mandé a la otra punta de la habitación. Del salto que metí cuando me di cuenta de lo que había hecho llegué desde la cama hasta donde estaba el móvil. El paciente se muere, un RCP movilístico antes de que exhale sus últimos tintineos. El teléfono estaba bien, pero mi corazón casi sale antes que yo para ir a buscarlo. El día no empezaba muy allá.

De camino a la Universidad para la sesión de fotos de la orla, el metro decidió averiarse a una parada de distancia. Los pasajeros nos mirábamos los unos a los otros como si alguno de los allí presente se fuera a quitar el abrigo y nos enseñara un mono azul para bajarse y pringarlo de grasa arreglando el motor. Algo ininteligible sonaba por la megafonía, yo solo escuche “avería” e “imposibilidad de continuar”. Joder, eran las 5 y mi cita con el fotógrafo eran a y 25. Salí corriendo en busca del primer autobús de cualquier línea que me llevará a Ciudad Universitaria y,  mientras, hablaba por un grupo de whatsapp por si alguien sabía que línea tenía que coger.

Cuando salí a la superficie, encendí Google Maps para ver hacia donde tenía que dirigirme, no sería la primera vez que de dos direcciones cojo la que no es. Al llegar a la parada, me monté en uno que, cuando subí, decidió cambiar de sentido y alejarme más de mi destino (porque yo cogí el que era, nadie me puede negar eso). Bajarme de ese y salir corriendo por mitad de la carretera, jugándome la vida, fue la misma acción. El autobús estaba entrando en la parada y prefería morir a no llegar a la foto. Cuando subí, noté que alguien me miraba, era Alba, ella tenía la cita minutos antes que yo así que ese autobús sí me llevaría a mi destino.

Nos bajamos corriendo sin mirar mucho a Jorge, que nos esperaba con su estilo de alumno de colegio de curas, para decirnos que tranquilos, que él había hablado con el fotógrafo y que no había problema, que nos esperaban. Menos mal que dentro del maravilloso día que estaba teniendo todavía contaba con amigos que echaban un cable.

Una vez con la corbata y la toga puesta, noto que una des mis profesoras estaba presente. “Uy, ¿qué han hecho con mi Fran?”, por la expresión de sorpresa exagerada de su rostro imagino que no se esperaba ver a un perroflauta como yo de esa guisa. Nunca entendí la sorpresa, no es la primera vez que me pasa, imagino que tampoco la última.
Cuando ya estaba todo listo, y yo sentado con cara de foto, se apagaron las luces de la sala donde estaba con cara de gilipollas y se encendió la gracia del fotógrafo. Lo único que podía pensar era en mantener la sonrisa para no salir con cara de mala leche, al fin y al cabo como saliera en la foto sería como me recordasen mis compañeros. 
Casi pierdo la poca visión que me queda por la oscuridad absoluta rota por los fogonazos del flash. 

El fotógrafo dejó de decir sandeces cuando se percató que las gafas producían demasiado reflejo, me las quité y siguió la tortura lumínica. La elección de las fotos fue fácil, aquella en la que estuviera menos desfigurado por los fogonazos.

Pese a todo, podría haber sido peor, me podría haber atropellado un coche en el cambio de autobús, y a ver como le explico a mi madre porqué tengo la cara echada abajo en la foto de la orla.

Como cadáver en cuneta

La confianza es tan frágil que con un simple golpe de brisa se desmorona en mil fragmentos que terminan secuestrados en uno de esos remolinos de viento que se producen en las esquinas.

Recién levantado soy de proceso lento, me cuesta la vida mantener una conversación hasta que no le meto gasolina al motor, un café cargado, por favor. Es difícil pasar de ser Gulliver escapando de diminutos seres oníricos, a la misma persona de siempre. La noche anterior había estado de celebración, después de casi un año sin ver a mi familia, pude volver al nido para celebrar una de esas ceremonias religiosas que muchos de nosotros nos tragamos con mucha agua y resignación. Como diría Al Pacino, LA FAMILIA.

Cuando sonó el móvil, mi instinto palpó la cama buscándolo, pero hasta que no despegue un ojo de la almohada no lo encontré. Por el sabor que reinaba en mi boca, parecía que me había bebido todo el líquido denso que se escapó del Prestige allá por 2002, con solera incluida. A me llamaba, ‘qué raro si no está en España y he hablado con ella hace dos días‘. Al descolgar, lo primero que escuché fue un grito, inmediatamente después una ristra de reproches que no entendía comenzaron a desfilar por mi todavía dormido oído. “Espera, no se de lo que hablas“. Cuando conseguí saber la fecha, la hora y el planeta en el que estaba, encajé toda las piezas.
Días antes de la llamada, A se había enterado de que un amigo suyo había contado algo que ella no quería contar y para librarse, había usado la técnica del político, “sí, yo sí, pero aquel más“. Y allí estaba yo, aguantando el chaparrón en lo que me pareció una escena sacada de un cuento infantil, una telenovela venezolana para críos, todo terriblemente infantil.
Es divertido ver como se va rompiendo una amistad, ser consciente en el momento que comienzan las grietas. Es mejor que, en cuanto haya un rasguño, se de una patada para romper el muro completo. Hay quien se pone a volar en círculos en cuanto huele a carroña.

A los dos días, ya en casa y con la resaca emocional de cuando ves que alguien que era importante en tu vida ahora no es más que un cadáver en la cuneta, recibí un mensaje de A como si nada hubiera pasado. La lealtad es algo que se vende muy caro.

Meses después, cuando apenas era consciente de que A había formado parte de mi vida, caí en la cuenta de que, a pesar de que su recuerdo estaba difunto, todavía seguía en la cuneta. Con el paso de los días y en avanzado estado de descomposición, todavía seguía en el mismo sitio en el que se desplomó. Nunca se iría, seguiría estando en todo lo que hiciera, para bien o para mal. Las personas nunca se van.

Recuerdo una vez que, estando a miles de kilómetros de distancia, dijimos que aunque uno de los dos muriera, seguiríamos celebrando nuestros cumpleaños con vino. Porque sí, a intensos nadie nos ganaba. El que siguiera vivo de los dos iría con una botella de vino blanco a la tumba del otro. A cada copa que se bebiera el que todavía respirara, vertería otra en el mármol para que calara y llegase al de la cama de madera. Pero el asunto llegó antes de lo que pensábamos, solo que los dos seguíamos vivos y acabábamos de romper todas las botellas de vino blanco de la bodega.

Bienvenida a Laminium (De Carlos S. Baos)

El bosque de cera

Me llamo Cecilia, soy una viajera del tiempo y he matado a Jesús de Nazaret. No solo me lo he cargado, sino que además, he conducido la crono-caravana hasta lo que vendría a ser nuestro 2018. Ahora es el año 2771 Ab Urbe Condita, tercer consulado de Mariano Rajoy, porque las peores cosas se resisten a cambiar, y España no existe como tal. Pero tranquilos, que no planeo dejar que este desastre avance. Solo quiero informarme de qué habría pasado de no existir el cristianismo para escribir mi próximo best-seller.

¿Qué? No, no. Matar a un bebé siempre es algo desagradable. Pero no cuesta tanto cuando sabes que vas a rebobinar y vas a deshacer el entuerto. Ni siquiera es mi primera víctima. Mi saga Presentes Distópicos va ya por la quinta entrega y está triunfando en mi línea temporal, a la gente le fascina mi prosa enérgica…

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Asesinato en el Austral Express

Un sol intensamente veraniego plegaba las sillas a pie de piscina. Los niños correteaban sobre las toallas ajenas dejando marca de agua sobre aquello que pisaban. A nadie parecía molestarle.

Después del café de sobremesa, nada mejor que un rasurado a la autoestima para empezar una noche de agosto con el cuerpo refrescado. Un baño a jarrones de agua helada.

Siempre he sentido admiración por esas personas que digas lo que digas son inmensamente felices, torres infranqueables que disfrutan de una apacible tranquilidad emocional, sin ser conscientes de lo que le gritan tras los muros. Trenes de locomotoras inmortales que siguen sobre las vías pase lo que pase. Nunca he sabido cómo levantar esos muros, ni de qué tipo de carbón se alimentan los motores para que las ruedas no paren de rodar.

Cuando abrió el borrador con un boli BIC en la mano, que más que un bolígrafo parecía un puñal dispuesto a traspasar la carne hasta desvirgar el tórax, todo se volvió negro. Por un segundo tuve la sensación que a mi lado, entre la señora de extenso sombrero y la reja de la piscina, Ratchett se sentaría frente al detective Poirot para pedirle fuego y este le daría su caja de cerillas. Estoy lejos de creerme Boudelaire, dios me libre, pero pensaba que al menos un poco de gracia poética tendría. No sé, una editorial me dio el sí tres días después de que le mandara el borrador de mi primer libro. Quizás el editor se leyó otro manuscrito y se confundió de correo.

Tras el fundido en negro, solo podía escuchar como se introducía el puñal una y otra vez. Perdón ¿dije puñal? Quise decir bolígrafo. Versos que se ocultaban tras la tinta avergonzados por existir, asonancias culpables por querer tener esa rima tan graciosilla pero intermináblemente ripiosa. En definitiva, un cristo sin sentido, un poemario en ruinas que esperaba el último golpe de viento para poder desaparecer y dormir tranquilo.

Después del asesinato tenía un recital. Un puñado de amigos iban a celebrar la poesía y la vida. Y luego estaba yo. La poesía me había dejado de lado y la vida se ocultaba de mi por regalarme oxígeno y tener el descaro de usarlo para crear figuras de mediocridad sólida.

Cuando dijeron mi nombre, recé a los dioses nuevos y antiguos para que se rasgara el suelo separando en dos la tierra como Moisés abrió las aguas. Subí al escenario improvisado, cogí el micro y comencé a leer mecánicamente pensando en el ridículo atroz que estaba cometiendo. Tenía cárcel, condena, cadena perpetua en el pasillo de los poetas mediocres. Al terminar, di las gracias sin controlar la seriedad de mi gesto y me tomé tantas cervezas como pude. Lo notaron, al fin y al cabo no estaba solo, muy a mi pesar.

Ahí estaba yo, una vez más, luchando conmigo mismo, en silencio, para que no se notase demasiado. Por un momento parecía estar defendiendo mi inocencia en la cafetería del Orient Express, rodeado de señores tan culpables como yo. El diablo de mi izquierda recriminaba burlón que él sabía cómo se solucionaba el asunto, “deberías dedicarte a lo que te sale bien, duerme” y el ángel de la derecha me miraba con el ceño fruncido y la mirada corta.

Pese a todo lo dicho, Richard Banch mantenía que “un escritor profesional es aquel amateur que nunca se dio por vencido” y, ¿quién soy yo para llevarle la contraria?

 

Ahora o nunca

Siempre he huido de los momentos románticos. Soy de la generación que ha crecido con la creencia de que el amor solo se consigue mediante una aplicación móvil. Un fantasma errático que sobrevuela las relaciones endureciendo la probabilidad de que se lleven a cabo.

Pese a todo, ahí estaba yo, saliendo del cubículo que hacía las veces de garito improvisado, en un pueblo tan pequeño que el móvil conectaba con la vida exterior solo en una esquina del entramado urbanístico. Los foráneos nos agrupábamos mano en alto intentando rozar las nubes con nuestros smartphones, como si luchásemos por ver quien alargaba más el brazo. Solo hacía falta que uno de nosotros encontrase cobertura para que todos nos juntásemos en el mismo punto, como si el aire analógico de la España profunda, tan romántica como encantadora, nos asfixiara.

Lo que me llevó a participar en aquella ridícula escena salió con la mirada de un cordero camino al matadero: “¿Ya te vas? ¿No te ibas a despedir?”. El falso tono de malestar fue proporcional al giro de cabeza al desaparecer entre las sombras de la esquina. Nunca estuve seguro de nada hasta aquel momento. Me senté sobre las raíces, apoyando la espalda en el tronco de uno de los tantos árboles que llenaban de impresiones oscuras la calle vacía, conté hasta tres y volvió con la misma mirada de cordero.

El aire de película sesentera en los claroscuros del ambiente impulsaron mis manos a circunvalar el rostro. Era ahora o nunca. Por un instante era Richard Beymer besando a Natalie Wood en Amor sin Barreras, sin nadie que pudiera enturbiar el momento. Todo era tan fílmico que todavía me pregunto cómo no fuimos conscientes de que no existe una película eterna y que, si no se termina, el cinematógrafo prende la cinta cuando se recalienta.

El niño de los pies de oso amarillo

Cuando sonaba la alarma era el primero en levantarme, tenía que despertar a mi hermano y prepararnos el desayuno. De crió siempre fui muy resabidillo, me gustaba pensar que era mayor de lo que era, meterme en conversaciones de adulto y marcar cátedra con mis tres palmos de altura y la voz de pito. Todavía hoy me pasa en ciertas ocasiones.

Despertar a mi hermano era casi una batalla. Los relojes sonando, el mio y el suyo. Yo gritando que llegaríamos tarde. Él durmiendo plácidamente como si la casa estuviera sumida en el más absoluto de los silencios. Cada mañana me venía a la cabeza el pensamiento recurrente del resultado al unir las cucarachas y una guerra nuclear. Por más bombas que cayesen rozándole el pelo, mi hermano seguiría durmiendo como si nada.  Una vez despierto, nos sentábamos frente al televisor, en la mesa camilla, mientras desayunábamos. Cuando mis padres no estaban podíamos vestirnos como queríamos y evitar que todo el mundo pensara que eramos mellizos, la estúpida manía de mi madre por vestirnos exactamente igual. La ausencia de mis padres tenía esa ventaja, pero también inconvenientes.

Todavía recuerdo cuando mi madre nos dejó acostados y se fue a comprar al ultramarinos de la esquina. En cuanto me di cuenta del abandono, desperté a mi hermano con un nudo en la garganta y nos sentamos en el salón a esperar que mi madre llegase, hubiéramos permanecido allí años, si hubiera hecho falta. El miedo era fruto de esa inocencia que se pierde cuando te das cuenta de que tus padres son personas normales y no los superhéroes que inventas en la infancia. En cuanto llegó mi madre comenzó a reírse y mi hermano y yo nos abrazamos a sus piernas como si hubiera tardado un milenio en volver. Nos traía un regalo. El drama se nos pasó enseguida.

En una de esas mañanas en las que conseguí despertar al oso en mitad de su hibernación sin perder una extremidad, desayunamos; recogimos las tazas, las galletas y cerramos la puerta tras nosotros para irnos al colegio. Todo iba bien hasta que mi hermano me toco el hombro. Al girarme lo vi con el rostro completamente blanco, mirándome con unos ojos muy parecidos a los de John Coffey en La Milla verde, cuando decide ser ejecutado porque no soporta la crueldad humana. Al mirar a sus pies, en lugar de zapatos tenía unas zapatillas enormemente peludas en forma de garras de oso amarillo. Pese a intentar aferrarme a la pose de hermano mayor, no pude mantener la risa a raya y una carcajada sonó por todo el rellano haciendo que mi hermano rompiera a llorar.

Al parar de reír, recobre mi falsa pose de adulto y pensé en la mejor manera para que mi hermano pudiera ir al colegio sin que sus amigos lo recordasen, hasta su boda, como el niño de pies de oso amarillo. Lo dejé sentado en la puerta marrón de casa y fui a por algo más digno que los pies de oso. Al llegar a casa de una vecina que venía a clase con nosotros, su madre no pudo parar de reír mientras buscaba unas zapatillas. Al volver al salón de su casa lo hizo introduciendo unas deportivas blancas con una franja roja en los laterales en una bolsa casi transparente.

No tardé más de cinco minutos en volver a casa con la salvación de la dignidad familiar en una bolsa. Mi hermano estaba hecho un ovillo en una esquina llorando a moco tendido. “Has tardado mucho” dijo poniéndose de pie y secándose las lágrimas con las manos. Se ve que para él fui a hacer las zapatillas de deporte a Senegal, a mano, no sin antes cazar al dinosaurio y enterrarlo para poder sacar de él el petróleo del que salió el plástico de los zapatos.

La primera llamada

Cuando salí de la boca de metro de Sol, recibí una llamada que no alcancé a descolgar. El número era tan desconocido como la ciudad por la que caminaba. Esa tarde fue mi primera clase de periodismo y había repartido mi nombre y mi teléfono por toda aquella persona que me devolvía una mirada cómplice. Tenía miedo de no conseguir aliados, así que hice un nudo con mis inseguridades e intenté convencer a todo el mundo de que era extrovertido. Lo hice tan bien, que hasta yo terminé convencido de que lo era. Al introducir el número en WhatsApp, una chica muy arreglada, como de boda, me observaba desde la foto de perfil instantes antes de que el teléfono volviera a sonar.

—¿Fran dónde estás?

—Saliendo del metro de Sol ¿y tú? – Me esforcé para que no se diera cuenta de que su voz era tan conocida para mí como la teoría cuántica que te obliga a ir estresado por Madrid sin motivo aparente.

Cuando paró de hablar y me despegue el móvil de la oreja, pensé que tenía que hacer todo lo posible para que aquella chica fuera mi amiga. Ahora sé que mas que intención fue profecía.

Enseguida nos dimos cuenta de que compartíamos el gusto por esas noches que terminas abrazado a la comida más grasienta, con la única intención de que absorba las cantidades estratosférica de alcohol ingerido. Y en eso estábamos cuando descubrí que, aparte del amor al buen periodismo, nos unían esas dualidades del alma, tan divertidas que te hace disfrutar la vida por partida doble.

Años después, cuando volvíamos de cambiar una clase por cervezas, me dijo que la noche anterior había llorado. Era el último año de clase y poco tiempo faltaba para que dejásemos de quejarnos del asqueroso café que dependiendo del día sabía a una cosa o a otra. Esos cafés siempre me recordaron a los anillos que cambiaban de color según el estado de ánimo del portador. Igual ese era el motivo real del cambio de sabor. La razón de sus lágrimas nocturnas no era otro que las múltiples charlas que teníamos entre clase y clase, nos hacíamos mayores juntos y sabíamos que eso no duraría mucho más.

Siempre he sabido que cuando llegase el momento en que me visitasen las últimas moléculas de oxigeno mi pensamiento sería para ella. Para todos los que, sin conocernos, formamos una familia a la semana de que confluyeran todos nuestros caminos. Desde que recibí su primera llamada supe que quería que fuera mi amiga, lo que nunca me imaginé es que, años después, se convertiría en parte de mi familia.