El Anti-carisma del político español


Sin lugar a dudas el aroma a café es el mejor despertador, despereza los sentidos y te prepara para las primeras bofetadas de realidad.

La  mayoría de las mañanas me siento sobre la cama con mi taza humeante y empiezo a mirar las noticias diarias desde el móvil. Hace un par de días, mientras hacía mi ritual diario, veo una foto de dos dirigentes de partidos de izquierdas separados en un sofá inmenso, artificio, puro teatro. “El divorcio de un matrimonio que nunca existió´´ el título me recuerda demasiado a una obra que vi en uno de los muchos teatros madrileños hace dos años. A pesar de la carcajada el sentimiento que produce esa imagen es pena, lástima. 
Me vienen a la cabeza demasiados políticos, muchos, todos. Y es que en el panorama español  no existe la figura del político carismático como en Estados Unidos, por ejemplo, aquí los políticos después de unos meses empiezan a desfigurar sus rostros hasta convertirse en una máscara de cera derretida, si Suárez levantara la cabeza. Es cierto que durante unos meses hemos sido hipnotizados por un señor que nos encandiló a la mayoría pero ya empieza a tener un tufillo raro que aún no se de donde proviene. Se podría decir que es un “si pero no´´, al parecer el carisma español es solo momentáneo, tiene fecha de caducidad.

En un ranking que ofrece la página theranking.com sobre los lideres más carismáticos del territorio español se ganan los primeros puestos  Esperanza Aguirre, Rosa Diez y Alberto Ruiz-Gallardón. No se con que criterio se elaboran estos ranking pero no creo que ninguna de estas tres personas tengan una “Especial capacidad para atraer o fascinar“  que dice la RAE en la primera voz de su definición de CARISMA.

El coletas, el cejas, el barbas, puedo seguir así hasta que se me acabe el café. Todavía recuerdo a la Aguirre saliendo del partido y recuperando su puesto de funcionaria, estaba cantado que volvería a pesar de sus propias palabras. En el momento que se desestabilizaba la hegemonía pepera en Madrid volvió el cuervo a aferrar sus garras a la presidencia, mala suerte compañera.

Inevitable pensar en Kennedy, en el odio que despertó en su momento, tanto como para “ganarse” enemigos y finalmente la muerte, pero el carisma es eso, despertar cariños, sí, pero también odios. En cambio, los políticos nacionales despiertan la misma sensación  que provoca ver un animalillo agonizante en la cuneta, una mezcla de asco y compasión.

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