El tiempo es lo que es

Hoy, Marina Casado ha reflexionado sobre el paso del tiempo en Estrella Digital, dentro de esta reflexión hubo algo que puede resumir a la perfección ese sentimiento sobre el que versa el artículo:

Dentro de veinte años, lloraré recordando los veintinueve como una estación florida, álgida y frondosa. La esencia permanece a través de los cambios, de las pérdidas, de los sueños transformados. Sigo siendo la niña que lloraba por cumplir una decena. Y es que, como dice el célebre tango de Carlos Gardel, “veinte años no es nada”.

He de reconocer que cuando leo la nostalgia ajena por la época dorada de la niñez se despierta en mí cierta envidia. No recuerdo la niñez con cariño, todo lo contrario, fue una etapa oscura, llena de sufrimiento interno. Era uno de esos niños intensos que no entendía su entorno y eso provocó que lo que debería ser algo maravilloso y repleto de inocencia no lo fuera. Los factores externos tampoco ayudaron.

La envidia se esfuma cuando mi reflexión llega a la siguiente puerta, es extremadamente triste no disfrutar de la etapa actual por pensar en un pasado que, posiblemente, no sea como el recuerdo.  Rafael Alberti era el rey de la añoranza, en su obra está presente esa sensación de “cualquier pasado fue mejor”.

Siempre he sido muy resabido, mi madre decía que me daba cuenta de todo. Siempre fui un niño con una sensibilidad que me provocaba más dolor que otra cosa. Imagino que siempre lo seré.

El tiempo es el que es. Entiendo que cuando vamos creciendo nos de cierto pavor que se nos escape de las manos y nos deje tiritando lleno de canas. Pero cuando nuestro pensamiento está más en el pasado que ocupado disfrutando de las distintas etapas vitales, es necesario ceder el paso al que viene detrás. No tendría sentido otra acción. Recordar el presente, cuando ya es pasado, con ribetes de oro en las esquinas y sentir no haberlo disfrutado (por estar recordado un momento anterior) es algo contraproducente.

Donde el tiempo, soberano cruel, despliega sobre nuestras luces su látigo de derrota, sin darnos tiempo apenas de respirar, de recordar los paraísos perdidos, de saborear el presente y escupir las espinas, dejando solo los matices más dulces, los timbres más alados. Porque, paradójicamente, este tiempo que ahora parece afilado y sangriento lo recordaremos algún día con añoranza, valorando las cosas que ahora no vemos. Son los misteriosos filtros del reloj, de nuestra estúpida condición de seres temporales, aquella que no conocíamos cuando éramos niños.

Marina tiene un ensayo sobre La Nostalgia inseparable de Rafael Alberti, posiblemente esa misma nostalgia de la que habla en el artículo. Mi nostalgia, en cambio, no es producto de una etapa vivida, laureada, llena de mariposas sobrevolando mi nuca, más bien versa sobre la nostalgia de otros, lo que no viví, lo que me hubiera gustado recordar. Posiblemente, por esto que digo, mi cuento era Pinocho, lo tenia gastado. Un niño de madera que quería ser real y no hacía otra cosa que imitar a los demás soñando ser igual que ellos.

En cualquier caso, el tiempo se puede domar. Sí. El tiempo es como un coche de caballos, se puede hacer que los caballos te hagan caso pero siempre seguirán respirando, relinchando, trotando. Y sino recordad a Pinocho y sus orejas de burro de madera, terminó siendo niño pese a que la imitación de los que quería que fuesen iguales lo llevó por el mal camino.

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