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Una foto accidentada

Enero de 2018, el día anterior a pasar la barrera del cuarto de siglo. Mucho había escuchado eso de las crisis de los 30. Seamos sinceros ahora que estamos solos, la crisis no es algo que llama a tu puerta cuando te levantas el día que los cumples (como en esos anuncios de compresas en los que aporrea la puerta una señora de rojo), es algo que te lo vas viniendo venir. Te das cuenta de que tu vida sigue el curso pese a que estas aferrado a los 20 como un koala a una rama entre siesta y siesta. Un día te descubres en pijama un sábado noche, tirado en el sofá siendo sorprendido por el timbre del telefonillo, como si la pizza que está al otro lado no la hubieras pedido tú. La crisis de los 30 es algo que vas sufriendo desde los 24. A los 28 los cercos de las uñas van siendo más hondos, de acuerdo, pero es algo que ya venías visualizando en el horizonte, con babuchas de cuadros marrones y una bata para no coger frío, que por las noches refresca.

Aquél día eran las fotos para la orla de graduación y tenía tantas ganas de levantarme cuando sonó el despertador que del manotazo lo mandé a la otra punta de la habitación. Del salto que metí cuando me di cuenta de lo que había hecho llegué desde la cama hasta donde estaba el móvil. El paciente se muere, un RCP movilístico antes de que exhale sus últimos tintineos. El teléfono estaba bien, pero mi corazón casi sale antes que yo para ir a buscarlo. El día no empezaba muy allá.

De camino a la Universidad para la sesión de fotos de la orla, el metro decidió averiarse a una parada de distancia. Los pasajeros nos mirábamos los unos a los otros como si alguno de los allí presente se fuera a quitar el abrigo y nos enseñara un mono azul para bajarse y pringarlo de grasa arreglando el motor. Algo ininteligible sonaba por la megafonía, yo solo escuche “avería” e “imposibilidad de continuar”. Joder, eran las 5 y mi cita con el fotógrafo eran a y 25. Salí corriendo en busca del primer autobús de cualquier línea que me llevará a Ciudad Universitaria y,  mientras, hablaba por un grupo de whatsapp por si alguien sabía que línea tenía que coger.

Cuando salí a la superficie, encendí Google Maps para ver hacia donde tenía que dirigirme, no sería la primera vez que de dos direcciones cojo la que no es. Al llegar a la parada, me monté en uno que, cuando subí, decidió cambiar de sentido y alejarme más de mi destino (porque yo cogí el que era, nadie me puede negar eso). Bajarme de ese y salir corriendo por mitad de la carretera, jugándome la vida, fue la misma acción. El autobús estaba entrando en la parada y prefería morir a no llegar a la foto. Cuando subí, noté que alguien me miraba, era Alba, ella tenía la cita minutos antes que yo así que ese autobús sí me llevaría a mi destino.

Nos bajamos corriendo sin mirar mucho a Jorge, que nos esperaba con su estilo de alumno de colegio de curas, para decirnos que tranquilos, que él había hablado con el fotógrafo y que no había problema, que nos esperaban. Menos mal que dentro del maravilloso día que estaba teniendo todavía contaba con amigos que echaban un cable.

Una vez con la corbata y la toga puesta, noto que una des mis profesoras estaba presente. “Uy, ¿qué han hecho con mi Fran?”, por la expresión de sorpresa exagerada de su rostro imagino que no se esperaba ver a un perroflauta como yo de esa guisa. Nunca entendí la sorpresa, no es la primera vez que me pasa, imagino que tampoco la última.
Cuando ya estaba todo listo, y yo sentado con cara de foto, se apagaron las luces de la sala donde estaba con cara de gilipollas y se encendió la gracia del fotógrafo. Lo único que podía pensar era en mantener la sonrisa para no salir con cara de mala leche, al fin y al cabo como saliera en la foto sería como me recordasen mis compañeros. 
Casi pierdo la poca visión que me queda por la oscuridad absoluta rota por los fogonazos del flash. 

El fotógrafo dejó de decir sandeces cuando se percató que las gafas producían demasiado reflejo, me las quité y siguió la tortura lumínica. La elección de las fotos fue fácil, aquella en la que estuviera menos desfigurado por los fogonazos.

Pese a todo, podría haber sido peor, me podría haber atropellado un coche en el cambio de autobús, y a ver como le explico a mi madre porqué tengo la cara echada abajo en la foto de la orla.

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La primera llamada

Cuando salí de la boca de metro de Sol, recibí una llamada que no alcancé a descolgar. El número era tan desconocido como la ciudad por la que caminaba. Esa tarde fue mi primera clase de periodismo y había repartido mi nombre y mi teléfono por toda aquella persona que me devolvía una mirada cómplice. Tenía miedo de no conseguir aliados, así que hice un nudo con mis inseguridades e intenté convencer a todo el mundo de que era extrovertido. Lo hice tan bien, que hasta yo terminé convencido de que lo era. Al introducir el número en WhatsApp, una chica muy arreglada, como de boda, me observaba desde la foto de perfil instantes antes de que el teléfono volviera a sonar.

—¿Fran dónde estás?

—Saliendo del metro de Sol ¿y tú? – Me esforcé para que no se diera cuenta de que su voz era tan conocida para mí como la teoría cuántica que te obliga a ir estresado por Madrid sin motivo aparente.

Cuando paró de hablar y me despegue el móvil de la oreja, pensé que tenía que hacer todo lo posible para que aquella chica fuera mi amiga. Ahora sé que mas que intención fue profecía.

Enseguida nos dimos cuenta de que compartíamos el gusto por esas noches que terminas abrazado a la comida más grasienta, con la única intención de que absorba las cantidades estratosférica de alcohol ingerido. Y en eso estábamos cuando descubrí que, aparte del amor al buen periodismo, nos unían esas dualidades del alma, tan divertidas que te hace disfrutar la vida por partida doble.

Años después, cuando volvíamos de cambiar una clase por cervezas, me dijo que la noche anterior había llorado. Era el último año de clase y poco tiempo faltaba para que dejásemos de quejarnos del asqueroso café que dependiendo del día sabía a una cosa o a otra. Esos cafés siempre me recordaron a los anillos que cambiaban de color según el estado de ánimo del portador. Igual ese era el motivo real del cambio de sabor. La razón de sus lágrimas nocturnas no era otro que las múltiples charlas que teníamos entre clase y clase, nos hacíamos mayores juntos y sabíamos que eso no duraría mucho más.

Siempre he sabido que cuando llegase el momento en que me visitasen las últimas moléculas de oxigeno mi pensamiento sería para ella. Para todos los que, sin conocernos, formamos una familia a la semana de que confluyeran todos nuestros caminos. Desde que recibí su primera llamada supe que quería que fuera mi amiga, lo que nunca me imaginé es que, años después, se convertiría en parte de mi familia.

Otro acento

Las siete y media de la mañana, las ruedas tenían que sortear los surcos que los charcos arañaron la noche anterior y el frío aún no se disipaba. El amanecer todavía estaba bostezando y se peinaba en el reflejo de cuatro edificios inmensos que se me antojaban interminables, torres franqueadas por nubes blancas y el entusiasmo propio del comienzo.
Fueron suficientes 20 minutos para sentirme parte de aquello, el tiempo necesario para soltar el equipaje y perderme entre las sombras del primer día.
La soledad absoluta, física y mental, acompañaban mis pasos al estrenar las calles y los ojos. Otro acento, otras caras, otra forma de observarlo todo, un hambre absoluto  que con ansia devoraba cada rincón, cada gesto, cada saludo.
El completo desconocimiento llevaron mis ganas hasta un pequeño parque donde los niños rodeaban la niñez cómplice tostándose al sol. Andar, solo quería andar, conocerlo todo, a todos, cada pequeña anécdota que ocultaban las miradas que cruzaban mi camino.

Madrid me acogió vacío, sin nada que pudiera ofrecerle y poco a poco me fue llenando, hasta tal punto que el vacío interior exportó su mirada a una tarde soleada en la Plaza Mayor.

Francisco Raposo. Chamartín, Madrid.