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La primera llamada

Cuando salí de la boca de metro de Sol, recibí una llamada que no alcancé a descolgar. El número era tan desconocido como la ciudad por la que caminaba. Esa tarde fue mi primera clase de periodismo y había repartido mi nombre y mi teléfono por toda aquella persona que me devolvía una mirada cómplice. Tenía miedo de no conseguir aliados, así que hice un nudo con mis inseguridades e intenté convencer a todo el mundo de que era extrovertido. Lo hice tan bien, que hasta yo terminé convencido de que lo era. Al introducir el número en WhatsApp, una chica muy arreglada, como de boda, me observaba desde la foto de perfil instantes antes de que el teléfono volviera a sonar.

—¿Fran dónde estás?

—Saliendo del metro de Sol ¿y tú? – Me esforcé para que no se diera cuenta de que su voz era tan conocida para mí como la teoría cuántica que te obliga a ir estresado por Madrid sin motivo aparente.

Cuando paró de hablar y me despegue el móvil de la oreja, pensé que tenía que hacer todo lo posible para que aquella chica fuera mi amiga. Ahora sé que mas que intención fue profecía.

Enseguida nos dimos cuenta de que compartíamos el gusto por esas noches que terminas abrazado a la comida más grasienta, con la única intención de que absorba las cantidades estratosférica de alcohol ingerido. Y en eso estábamos cuando descubrí que, aparte del amor al buen periodismo, nos unían esas dualidades del alma, tan divertidas que te hace disfrutar la vida por partida doble.

Años después, cuando volvíamos de cambiar una clase por cervezas, me dijo que la noche anterior había llorado. Era el último año de clase y poco tiempo faltaba para que dejásemos de quejarnos del asqueroso café que dependiendo del día sabía a una cosa o a otra. Esos cafés siempre me recordaron a los anillos que cambiaban de color según el estado de ánimo del portador. Igual ese era el motivo real del cambio de sabor. La razón de sus lágrimas nocturnas no era otro que las múltiples charlas que teníamos entre clase y clase, nos hacíamos mayores juntos y sabíamos que eso no duraría mucho más.

Siempre he sabido que cuando llegase el momento en que me visitasen las últimas moléculas de oxigeno mi pensamiento sería para ella. Para todos los que, sin conocernos, formamos una familia a la semana de que confluyeran todos nuestros caminos. Desde que recibí su primera llamada supe que quería que fuera mi amiga, lo que nunca me imaginé es que, años después, se convertiría en parte de mi familia.

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